Las sábanas estaban frías y la ventana abierta, tu ropa desaparecida y tu presencia ya no estaba. Las tres de la madrugada, el teléfono sonaba y recuerdo haber sabido que eras tú, entre alcohol y marihuana, aunque tu número estaba bloqueado. Tu voz en una súplica mientras negaba pero dejaba la puerta entreabierta. Y los suspiros alcanzaron mi cuello, como réplicas de aquel terremoto de tu piel contra la mía. La mañana era fría, y gris, y sin ti.
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