domingo

¡Bum!

He descubierto que todos los días son un intento. Un intento de ser feliz; hasta ahora, fallido. El fuego se tambalea, amenaza con apagarse y he intentado, lo juro, lo he hecho, que no se esfume. Es como la liebre y la tortuga, solo que en este caso, la liebre es la felicidad, y la tortuga es la tristeza. La liebre siempre tiene confianza en sí misma, y sabe que va a ganar. Está al cien por ciento positiva. Por eso, cuando va ganando, se echa una siesta, un pequeño descanso, porque es seguro que ganará. Pero entonces, la tortuga, esa pequeña traidora, se adelanta y la liebre, durmiendo, no lo nota. Y ¡bum!, la tortuga gana. Y ¡bum!, la felicidad pierde. No porque yo quiera. No porque me guste. Yo quiero que la liebre gane, sin embargo, hay algo que le impide cruzar la meta. Siempre lo hay, y, sinceramente, empiezo a perder la esperanza de que el camino esté libre, de que la liebre no se confíe. Ya no sé si debería seguir intentándolo, porque siempre, en todos los casos, hay algún obstáculo en el camino. Pero no una piedra cualquiera, ni un bache común, sino tierras movedizas de las que no puedo salir yo sola. Siento que estoy ahogándome, y siempre ocurre cuando mejor creo estar. No puedo salir, cada vez que me muevo, cada vez que siento haberlo logrado, me hundo un poco más. 

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