A mi abuelo Paco,
que leía libros en la playa.
Eh, ¿por qué me estás mirando tan fijamente? ¿Estás intentando verme? ¡Oh, sí, tú puedes verme!
Tú, que por las mañanas paseabas los paseos aunque los tuvieses recorridos y te quedasen por recorrer. Que tomabas los whiskys cortitos y que, para ti, no había nada mejor que estar sentado en aquel sillón de cuero verde. ¡Y qué razón tenías haciendo eso que tanto te gustaba!
Pero, oh, abuelo, ¿cómo puedes chasquear los dedos tan fuerte? Yo miraba anonadada cómo lo hacías. ¡Pero qué magia!
Y sí, abuelo, esos «tú eres tú» se me han quedado grabados en mi mente a fuego.
Por favor, que tu colonia no te falte, que no eres tú sin ella. ¿Nunca has querido ser ese perfume sin el que noeselmismo de nadie? Abuelo, tú lo has sido.
Oye, que tu coche era el más limpio y, para mí, el mejor. Que tenía un reposabrazos en el centro del asiento trasero y ¡qué asiento!
Pero, por favor, hace mucho frío para bajar a la playa. Vas a coger una pulmonía. Pero te da igual, eh. ¡Qué listo eras! Has de hacer todo lo que se te apetezca antes de morir. Si vas retrasando tu felicidad, ¡dime tú a mí cuán triste morirás!
Abuelo, por favor, no pongas flamenco que no me gusta.
Abuelo, por favor, deja de quedarte hasta altas horas de la noche viendo torneos de póker y billar que mañana no podrás levantarte. Pero... ¿qué más da?
Tu garaje era el mejor. El mejor de todos porque había historias que me hablaban cada vez que entraba.
Sin tus gafas no te veía igual, pero... ¡eras tan guapo!
Oye, que tus piernas eran el más cómodo sillón, y que me sentía muy bien allí, resguardada del fresco que la brisa del mar traía cuando el cielo estaba ya anaranjándose.
¡Nada como aquellos paseos por los bazares a las 11 de la mañana! ¡Tú sí que sabías, abuelo! Disfrutar de la felicidad de los demás, eso.
Que sabiendo que iba a verte no había monstruos ni fantasmas que me persiguiesen sin cese en las pequeñas siestas que no dormía de camino adonde tú eras feliz.
Por favor, un cigarro ducado rubio, de los azules. Y si puede ser con un buen partido de fútbol, mejor.
¿Y de radios nuevas? ¡De eso ni hablar! Siempre mejor una que funcione bien a una bonita.
Oye, que ese reloj no puede faltarte en la muñeca, eh.
Una palabra inventada es mejor que una que está ya impresa en el diccionario. Y sí, abuelo, nada mejor que esas palabras nuevas que salen en medio de una conversación, causante de cientos de risas.
Pero oye, abuelo, que puedes estar orgulloso de mí, que soy de izquierdas y republicana.
La playa no me gusta mucho, solo si es contigo. Pero no hay nada que me guste más que un mar tranquilo en un día nublado.
Abuelo, que la playa no te falte. Indispensable; sin playa eres como ese pequeño gorrión que no tiene madre que le lleve de comer; un árbol de Navidad sin luces; un cielo sin esa nube blanca de algodón. Tú sin vida.
Y, para mí, eras como esa playa a la que todas las tardes, primavera, verano, otoño, o invierno, ibas para leer uno de tus libros (que a mí me parecían infinitos) hasta que el cielo se coloreaba mal, dejando espacios en blanco.
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