martes

Despreocupado.

Maggie anduvo paseando toda la tarde y, ahora, que caía la noche, se percataba de todo el tiempo que había estado fuera de su casa. Pensó en que quizás, en otra situación, él la estaría echando de menos después de tantas horas fuera. Pero no era así. «Las personas siempre se marchan», resonó en la mente de Maggie. Suspiró. Era cierto, siempre lo hacen. «Siempre te dejan ahí. Cuando más lo necesitas es cuando ¡bum!: desaparecen, sin piedad y sin escrúpulos». Agitó la cabeza para apartar aquellos pensamientos lejos de ella, pero nada podría mandarlos fuera. «Pero, demonios, no hay nada que me haga cambiar lo que soy. Nadie depende de nadie porque, si dependiésemos de alguien, no podríamos romper las barreras que nos pone la vida. No puedes ir encadenado a otra persona porque llegará el momento en el que ella quiero escoger un camino, y tú otro y no podréis separaros. Si la persona con la que quieres estar quiere estar contigo, debes dejarla, y si quiere marcharse, debes permitírselo. En eso consiste la vida, en aprender a sobrellevarla solo». Y con este pensamiento, Maggie se dio cuenta de que había llegado a su casa. Buscó las llaves en su bolso y, al abrir la verja, lo vió. Allí sentado en el porche con su aire despreocupado, su pelo despeinado, y los brazos apoyados en las rodillas fumando un cigarrillo. Ellos no estaban encadenados, simplemente se complementaban.

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