lunes

Hielo.


Él la observa con los ojos llenos de amor y a la vez confusión. En su cara se le la ingenuidad, propia de un niño. Ella, sin piedad, clava sus ojos en los suyos con frialdad.
—No puede ser —dice ella con voz gélida.
—Creí que me querías. Creí que no ibas a hacerme daño. ¿Eso es todo? ¿Así lo vas a dejar? ¿Estás segura? Piénsalo, por favor. No arruinemos esto.
—No conseguirás nada así.
—¿Por qué —susurra.
—No quieres verme morir.

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