martes

Monsters and ghosts.

Carla suspiró pesadamente. No podía más. No aguantaba. Sentía que en cualquier momento, todo lo que había estado construyendo a su alrededor, aquellas mentiras, se vendrían abajo cual castillo de arena arrollado por una ola. Pero, a pesar de todo, las lágrimas no podían salir. Y parecía que iba a explotar en cualquier momento. Pegó un puñetazo en la mesa. Tenía tanta frustración acumulada... Ella estaba mal. Mal consigo misma. Pensaba que todo lo hacía mal. Que ella no era como las demás personas. Que no podía ser simpática, alegre, extrovertida. Ya no pedía ser guapa. Tan solo encajar. Pero no, ni eso. Se levantó rápidamente de la silla de su escritorio, frente a la ventana, y comenzó a caminar por su habitación. Podría haber hecho un agujero en el suelo. Entonces, paró. Se quedo mirando hacia la ventana, para pasar al escritorio, luego a la cama y llegó a parar hasta un vestido blanco sobre esta. Observó la luz blanca que entraba; un día nublado. Tras varios segundos así, se sentó en la cama y tapó su cara con las manos. Volvió a levantarse y se miró al espejo. Fue entonces, después de unos instantes, cuando rompió a llorar. Un gran y desgarrador llanto. Pero no muy ruidoso. Corrió hasta el cuarto de baño de su habitación y volvió a mirarse al espejo. Nuevas lágrimas salieron. Se apoyó en el lavabo. Seguidamente, abrió con gran velocidad uno de los cajones. No. Abrió otro con nerviosismo. Tampoco. Y la encontró. La deslizó sobre su muñeca mientras cerraba los ojos. Qué más da, pensó, una cicatriz más. Y otra más. Y otra. Y otra. Pero, aunque aquello la alivió, no consiguió curarla. Seguía creyendo que ella no era de ese mundo, que había nacido al revés. Bajó corriendo y abrió el mueble de los medicamentos. Todos los botes que pudo encontrar, más un vaso de tequila. Subió, puso música, y se tumbó en la cama. Minutos después comenzó un gran dolor en el estómago que se fue expandiendo a medida que fue pasando el tiempo. Lo único que podía hacer era pensar, así podía camuflar el dolor. Quizá estaba siendo muy cobarde y, sobre todo, egoísta. ¿Qué harían sus padres? ¿Y su hermano? Aquella frase tan conocida, 'una solución permanente para un problema temporal', llegó a su cabeza y fue entonces la primera vez que se planteó si estaba haciendo lo correcto. Meditó aquello que pudo, ya que los dolores iban en aumento. Intentó levantarse, pero lo halló imposible. Se tiró de la cama, y arrastrándose y dando vueltas, llegó hasta el baño de su habitación y abrió la tapadera del váter dificultosamente, y todos sus monstruos salieron por su boca.

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