Grace pasea por la calle. Mira las sucias losas del suelo, llenas de papeles y más porquerías. Recuerda cómo su madre decía que limpiase su cuarto siempre. Recuerda su vieja habitación, tan llena de recuerdos, de risas, de llantos, quizá de alcohol, de reflexiones en la ventana. Tan llena de miedo.
Se acuerda de Mike. Del rubio y apuesto Mike, con sus hombros anchos y su sonrisa encantadora, para todas. Se acuerda de cómo la miraba y de cómo la satisfacía. De cómo la trataba y de cómo la hacía llorar. Siente ese odio roerle por dentro, retorcérsele en el corazón y salir por su nariz convertidos en humo. Recuerda ese 5 de julio, tan caluroso. Cómo su rostro se tornó de un imponente color oscuro y sus ojos se enfriaron. Siente que vuelve al pasado, a esas tardes en la habitación, bebiendo y jodiendo contra la pared. Oh, eso era vida. Hasta que lo vió.
De repente, Grace siente un impacto. Levanta su rostro.
―¡Grace! ¿En qué ibas pensando?
―En cómo asesiné a Mike.
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